“El que quiere viajar feliz, debe viajar ligero”, dijo Antoine de Saint-Exupery en un ‘Principito’ que marcó un antes y un después en la historia de la literatura. Y tenía razón.

La vida del hoy en día nos atormenta. Vivimos en una espiral de mediocridades regentadas por las tecnologías, la vida laboral, el dinero, la ansiedad y el conformismo. Creemos poseer la llave de la felicidad en nuestra cartera, pero nos asombramos con la curiosidad de no saciarnos jamás con las compras que realizamos con ella. Hay algo que va más allá de nuestra insatisfacción por lo que tenemos, y es el afán por no sentir nunca una saturación material sana.
¿A qué puede deberse este hecho?
Podríamos pararnos a pensar que nuestra vida está repleta de insignificantes objetos que nos iluminan con la idea de la felicidad. Poseemos casas, coches, móviles de última generación, televisores que nos entretienen cuando no queremos pensar, trabajos que nos colapsan a cambio de dinero, cirugía que nos embellece cuando no nos gusta nuestra imagen. La vida capitalista se ha autroproclamado “exclusivamente feliz cuando se posee”.
¿Y qué hay de las experiencias?
¿Qué es viajar? Varios estudios psicológicos afirman que cuando reflexionamos sobre nuestro último momento de mayor alegría, a menudo nuestra mente nos traslada a un viaje en buena compañía. Y esto no puede ser casualidad.
La vida es una continua montaña rusa de experiencias en las que, como seres humanos, nos engrandecemos con las cosas que nos alejan de nuestro círculo de confort. Allí, lejos de lo que podemos y sabemos controlar, es donde la magia ocurre; y se nos eriza el vello al recrearnos en aquellos recuerdos que tanto nos llenaron el interior.

Es por eso que Antoine de Saint-Exupery tenía tanta razón. Si viajar aporta esa felicidad de la que tanto hablan viviendo nuevas experiencias, mejor dejar de lado todo lo que, para avanzar en ellas, nos es un estorbo. Es por ello que yo decido coleccionar momentos antes que productos.
